Hay películas que terminan y te dejan claro lo que acaba de pasar. Y hay otras que terminan y te obligan a quedarte sentado, repasando mentalmente las dos horas anteriores para ver si se te ha escapado algo. Animales (Animals), el thriller dirigido y protagonizado por Ben Affleck, pertenece sin duda al segundo grupo. No porque tenga un giro final retorcido al estilo de El sexto sentido, sino porque su desenlace es tan seco, tan poco subrayado, que muchos espectadores salen de la sala con la sensación de que les falta una pieza. Vamos por partes.
El intercambio que lo cambia todo: Kimball, Dayle y el tercer secuestrador
El clímax de la película es un tiroteo caótico y casi antinarrativo. Kimball (Ben Affleck), candidato a alcalde de Los Ángeles, acude al punto acordado con los siete millones del rescate. Le acompañan Dayle (Gillian Anderson), una fixer que ha aceptado hacer desaparecer a los secuestradores por el doble de su tarifa, y su conductor, que también ejerce de asesino a sueldo. El plan es sencillo: tender una emboscada, eliminar a los secuestradores y recuperar al niño sin que nada salpique la campaña.
Pero Dayle ha asumido, porque «lo intuye», que solo hay dos secuestradores. Se equivoca. Hay un tercero, más grande y más peligroso, que aparece por sorpresa, mata al conductor y a la propia Dayle, y amenaza con liquidar también a Kimball y al niño. Cuando todo parece perdido, llega Ramón, el padre del niño secuestrado. Dispara desde una distancia tan improbable que roza lo cómico y mata al tercer secuestrador. Es un momento extraño: la película no lo presenta como un heroísmo épico, sino como un accidente afortunado.
Kimball, entonces, toma el control. Limpia la escena, esconde la mayoría de los cuerpos —menos uno— y fabrica una historia: que fue Ramón quien hizo el intercambio con el dinero que él mismo donó, y que él, Kimball, mató al secuestrador al comprender que iban a asesinar al niño y al padre. La mentira funciona. Exculpa a Ramón, que es inmigrante indocumentado y habría ido a prisión solo por llevar un arma, y le concede a Kimball una pena simbólica: un año de servicios a la comunidad por homicidio y por posesión de un arma sin número de serie.
Un año después, Kimball gana las elecciones a alcalde de Los Ángeles y promete limpiar la ciudad. La última imagen es la de un hombre que ha alcanzado su sueño político, pero que para lograrlo ha decidido matar, ocultar cadáveres, quemar un coche, cometer perjurio y manipular a la opinión pública. La película no te dice si eso es una condena o una celebración. Y ahí empieza el problema.
El giro que no es un giro: por qué los secuestradores no importan
Durante buena parte del metraje, Animales planta sospechas. ¿Y si el secuestro es un montaje de Sam, el jefe de campaña que interpreta Steven Yeun? ¿Y si detrás está Ron, el profesor con el que la mujer de Kimball, Abigail, tiene una aventura? ¿Y si todo es una extorsión orquestada por la propia Dayle, que consigue siete millones en efectivo en mitad de la noche como quien pide una pizza? La película sugiere esas posibilidades, pero nunca las desarrolla.
Y cuando por fin vemos al secuestrador principal, no es nadie relevante. Es un tipo corriente, dueño de un pequeño negocio que se fue a la ruina por el trabajo legal de Kimball cuando este era abogado y activista. Actúa por venganza. Eso desconcierta a mucha gente. Estamos acostumbrados a que en un thriller de secuestros haya una gran revelación: el culpable es alguien del entorno, alguien que conocíamos, alguien que nos había engañado. Aquí no. La identidad de los secuestradores es deliberadamente anodina. No hay giro espectacular.
Y ese es, precisamente, el punto. La película quiere que entendamos que el secuestro no es un misterio que resolver, sino una consecuencia. Kimball arruinó la vida de esas personas sin pensarlo dos veces porque su carrera lo exigía. Años después, esas personas toman medidas desesperadas. No hay villano con nombre famoso porque el villano real es el sistema que Kimball representa. Es una idea interesante, pero está contada con tan poca claridad que se confunde con un descuido. La película no subraya esa conexión. La deja caer en destellos, casi como si le diera vergüenza explicarse. Y el espectador, acostumbrado a que le den las claves, se queda esperando una revelación que nunca llega.
Dayle: el agujero más grande del guion
Dayle es el personaje más intrigante y, a la vez, el más mal resuelto. Gillian Anderson la interpreta con una frialdad casi robótica, como si fuera un ángel de la muerte con tarjeta de visita. Ofrece a Kimball un pacto faustiano: ella hace desaparecer a los secuestradores por el doble de su tarifa, sin que su carrera política se vea afectada. Pero nunca sabemos quién es, para quién trabaja, de dónde saca siete millones de dólares en efectivo ni por qué Sam, un simple jefe de campaña, tiene acceso a sus servicios. La película la rodea de un aura mitológica, como si fuera el Lobo de Pulp Fiction, pero sin el carisma ni la lógica interna que hacían funcionar a ese personaje.
Además, Dayle es mala en su trabajo. Dice que hay dos secuestradores porque «lo siente en las tripas», y luego muere precisamente porque se equivoca. Entra en un campo de batalla sin comprobar con su propio asesino si ha eliminado a su objetivo. Nadie tiene un walkie-talkie, un móvil, nada. Es un fallo de guion tan evidente que rompe la tensión. Y cuando muere, no sentimos que se cierre un arco, sino que se apaga un misterio que nunca llegó a encenderse del todo.
El privilegio de Kimball: la verdadera clave del final
Si hay una idea que Animales quiere dejar clara, es la del privilegio. Kimball es rico, poderoso y blanco. Cuando su hijo —bueno, el hijo de su niñera— es secuestrado, puede permitirse pagar siete millones, más un millón cuatrocientos de comisión, sin que eso arruine su campaña. Puede contratar a una fixer que resuelve problemas que ni los partidos políticos se atreven a tocar. Puede pagar a una empleada que le acusó de acoso sexual para que se calle. Y cuando todo se va al garete, puede inventar una historia, esconder cuerpos y salir con una condena de risa.
En el otro extremo está Ramón, el padre del niño. Es inmigrante indocumentado. No puede conseguir trabajo. No puede denunciar el secuestro de su hijo por miedo a ser deportado. La propia familia Kimball le rechaza porque asociarse con un indocumentado perjudica la imagen pública del candidato. Ramón existe en la película para ponerle un espejo a Kimball, para mostrarle su propia hipocresía. Pero Kimball nunca se mira de verdad en ese espejo. Usa su privilegio para ayudar, sí: paga el rescate, luego se echa encima la culpa del asesinato para exculpar a Ramón. Pero lo hace sin cuestionarse nunca el sistema que hace posible que él pueda permitirse esos gestos y Ramón no.
Al final, Kimball utiliza la historia de Ramón —su protección a una familia latina— para ganar el voto latino y convertirse en alcalde. Es decir, convierte la desgracia de otra persona en capital político. Y la película no lo juzga con claridad. Nos deja con la duda de si debemos ver eso como una victoria pírrica, como una crítica feroz o como una simple constatación de cómo funciona el mundo. Esa ambigüedad es, a la vez, lo más valiente y lo más frustrante de Animales.
Qué pasa con Ramón, Abigail y Sam
Ramón es el único personaje que sale relativamente bien parado. Gracias a la mentira de Kimball, queda exculpado y puede reconstruir su vida en México con su familia. La película sugiere que se marcha con el dinero del rescate, aunque no queda claro si ese dinero es realmente para él o si forma parte del relato inventado. En cualquier caso, su arco cierra con una huida hacia delante: sobrevive, pero a costa de un pacto tácito con el hombre que, en cierto modo, provocó todo.
Abigail, la esposa de Kimball, interpretada por Kerry Washington, tiene una aventura con Ron, el profesor al que da vida Ray Fisher. Esa infidelidad es el detonante emocional que empuja a Kimball a aceptar el pacto con Dayle: se siente humillado, emasculado, y busca recuperar el control haciendo algo drástico. Pero la película no vuelve sobre ella. No sabemos si descubre lo que ha hecho su marido, si le chantajea, si se separan o si simplemente sigue a su lado como si nada. Su personaje queda reducido a una función narrativa: justificar la decisión de Kimball.
Sam, el jefe de campaña, es otro cabo suelto. Es quien sugiere que el secuestro podría ser un montaje, quien parece saber más de lo que dice, pero nunca se aclara su grado de implicación. ¿Sabía lo de Dayle? ¿Tenía intereses ocultos? La película lo deja en el aire. Al final, es uno más de los personajes que sirven para crear expectativas que luego no se resuelven.
Las preguntas sin respuesta que deja el final
¿Qué pasó con los cuerpos de Dayle, su conductor y los secuestradores? No se explica. Kimball limpia la escena y esconde la mayoría de los cuerpos, pero la película no dice dónde ni cómo. Tampoco aclara por qué esos cuerpos no aparecen después, ni por qué no se relacionan con él. Dayle, además, había estado en el sistema de seguridad de la casa de Kimball, así que su desaparición debería haber levantado sospechas. Nada de eso se aborda.
¿Por qué la policía acepta la historia de Kimball sin investigar? Es uno de los puntos más flojos del guion. Kimball confiesa haber matado a un hombre y haber tenido un arma sin número de serie, y la policía le cree sin más. No investigan el coche calcinado de Dayle, no buscan ADN, no interrogan a fondo. La película parece consciente de que eso es inverosímil, pero lo usa para subrayar el privilegio de Kimball: los poderosos pueden contar una mentira y que todo el mundo la acepte. Aun así, la falta de verosimilitud resta fuerza al conjunto.
¿El final condena a Kimball o lo valida? La película no lo deja claro. Por un lado, Kimball ha mentido, matado, escondido cuerpos y manipulado a la opinión pública. Por otro, ha salvado a un niño, ha exculpado a un inmigrante inocente y ha ganado unas elecciones prometiendo limpiar la ciudad. ¿Debemos ver su victoria como una crítica a un sistema que premia a los corruptos? ¿O como una defensa de que los buenos pueden hacer cosas malas por el bien común? Animales no responde. Y esa indefinición, que podría ser un acierto, se convierte en un lastre porque la película tampoco ofrece suficientes pistas para que el espectador decida por sí mismo.
Una lectura personal: la ambigüedad como excusa
A mí me da la sensación de que Animales quiere ser más lista de lo que es. Plantea ideas potentes —el privilegio, la causa y el efecto, la corrupción del idealista— pero las deja sin desarrollar. La ambigüedad no siempre es un mérito. A veces es una forma de no mojarse, de no comprometerse con una tesis clara. Y cuando el espectador termina la película con más preguntas que respuestas, pero sin la sensación de que esas preguntas tengan un propósito, el resultado es frustrante.
Ben Affleck dirige y protagoniza con oficio. Hay escenas bien rodadas, momentos de tensión logrados. Pero el guion se pierde en su propia vaguedad. Quiere ser un thriller político con fondo moral y acaba siendo un ejercicio de estilo que no se atreve a mirar de frente a sus propios temas. Al final, lo que queda es la imagen de Kimball en su gira de victoria, prometiendo limpiar Los Ángeles. Un hombre que ha hecho todo lo que criticaba, que ha utilizado a los demás para su beneficio, y que sin embargo sonríe como si hubiera ganado limpiamente. Esa imagen es poderosa. Pero la película no la remata. La deja ahí, flotando, sin saber muy bien qué hacer con ella. Y esa es, quizá, la mejor forma de resumir Animales: una película que apunta alto, que tiene momentos, pero que se queda a medio camino entre lo que quiere decir y lo que realmente dice.
Preguntas frecuentes sobre el final de Animales
¿Muere Dayle en Animales?
Sí. Dayle, la fixer interpretada por Gillian Anderson, muere durante el tiroteo del intercambio. Ella había asumido que solo había dos secuestradores, pero aparece un tercero que mata tanto a su conductor como a ella. Su muerte es uno de los momentos que más desconcierta, porque no se cierra su historia ni se explica quién era realmente.
¿Qué pasa con Ramón al final?
Ramón, el padre del niño secuestrado, sobrevive y queda exculpado gracias a la mentira que fabrica Kimball. La película sugiere que se marcha a México con su familia y posiblemente con el dinero del rescate, aunque no se aclara si ese dinero es realmente para él o forma parte del relato inventado. Es el personaje que sale mejor parado, aunque su libertad depende de un pacto con Kimball.
¿El final de Animales condena a Kimball o lo justifica?
La película no toma partido. Kimball logra ser alcalde después de mentir, matar y manipular, pero también ha salvado a un niño y ha exculpado a un inmigrante. La ambigüedad es deliberada, pero también es uno de los puntos más criticados, porque no ofrece suficientes pistas para que el espectador se forme un juicio claro. Depende de cada uno verlo como una crítica al sistema o como una simple constatación de cómo funciona el poder.

